En una zona alejada de ese polvo sideral, donde posan las estrellas que se pierden (o deciden ir ahí para morir) ellas bailan. Nada las detiene, siempre se transforman, y entre energías que no se terminan de condensar ellas siguen bailando. Logran piruetas que cambian el curso de todos los astros, ellas lo manejan, manejan el espacio y lo convierten en parte de sí mismas. Cuando conocen el polvo, el camino más largo y el frío transformado a calor que hicieron de su galaxia, no dudan en bailar. No dudaron en bailar con los colosos, en domar sus odios demenciales a pesar de correr un gran riesgo a desaparecer, a que borren sus existencias a la misma facilidad con la que mueren las estrellas más ancianas, ellos se dejaron bailar. Bailaron con él, lo trajeron, lo sedujeron y lo hicieron parte de ellas, bailando son tres, al fin son millones, uno más para vivir, doscientos más para morir. El baile que no se detiene y que las hace fuertes, cuando abandonan sus miradas y se destinan a la ...