Cada ocaso, cada noche, aparecen. La gente ya se acostumbró a verlos, mas no al hecho de no saber nada sobre ellos. Se pueden observar auras brillantes cubriéndolos y brazos similares a látigos solares, haciendo de estos un espectáculo por demás hermoso.
Pasaron meses y la duda, la incertidumbre y el misterio que rodea a estos, crece inconmensurablemente.
Portales, gigantes, de forma ovalada pero no perfecta; color violeta y con un fondo indescriptible, casi vacío, y desde tierra la gente los siente.
Desde la aparición de estos, se siente un aire diferente, más pesado: más muerto, pero nada pareció perecer. Sin duda la gente se sentía inquieta, pero con el tiempo estas sensaciones se volvieron tan cotidianas que comenzaron a ser ignoradas y, cuando la gente se empezó a sentir librada de estas, comenzó.
Una noche los portales comenzaron a temblar, a zumbar, y sin razón, el suelo también, las rocas se elevaron, las plantas comenzaron a morir, el agua comenzó a pudrirse. Lo único a lo que la gente podía prestar atención era a los portales y, de un momento para el otro, estos comenzaron a abrirse cada vez más, y se divisaron cadenas de humo negro saliendo de ellos.
El humo negro cambió de estado, se volvió una continuidad negra y tangible, temblorosa, con vida, y lo que se conocía como luz dejó de existir, el pueblo se sumió en una oscuridad eterna y el temblor cesó. Se escuchan rugidos demoníacos y termina el zumbido de los portales. Terminó, para todos.

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